Hola amigo… Lo prometido es DEUDA!

Quiero que leas muy detenidamente esta conversación, pero lo más importante es que la adaptes a ti…. tómala como una plantilla la cual puedes modificar.

Pero te lo advierto, aquí utilizo el método directo, no el indirecto. Esto requiere de más confianza.

Te recuerdo, para ejecutar esta conversación con las mujeres, debes y tienes que hacerlo con MUCHA SEGURIDAD, CONFIANZA, sino, créeme que no surtirá efecto.

Recuerda esta frase: “No es lo que dices, es como lo dices!”

Empecemos….

Fue un viernes de verano, yo me reunía con Julio y José Alberto. Entraron en el pub tres chicas, dos rubias y una morena, muy atractivas, estilizadas y con ese look mitad fashion, mitad hippie. Modernas sofisticadas y con aspecto de tener clase.

Apenas apreciaron nuestra presencia. Julio, con esa confianza que deposita en mí por mi fama, levantó la ceja señalando al grupo de chicas. Y es que los tengo muy mal acostumbrados. Tener amigos a los que les cuentas que eres profesor de seducción supone asumir responsabilidades.

Así que me levanté.

YO —Hola, chicas, yo soy Andrés. Y espero que alguna de ustedes se llame Andrea.

Las tres rieron. Una de las dos rubias, la de los ojos verdes, se reía menos. Precisamente por eso me di cuenta de que con ella tenía más posibilidades.

—No. Ninguna nos llamamos Andrea—respondió la morena.

YO —Eso era antes. Esta noche va a haber una Andrea. Lo que pasa es que todavía no sé cuál —contesté con autoridad y una sonrisa.

Las tres rieron. Pero se notaba que la “mía” intentaba demostrar menos complicidad. Obviamente, era a ella a la que más le había impactado y por eso intentaba mostrase menos colaboradora en la seducción.

¡Qué deliciosa! Estaba muy claro cómo intentaba decirme: “A mis amigas podrás seducirlas, pero conmigo tienes que trabajar más porque soy la reina”.

YO —Bien, chicas. Nosotros estamos allí. Y estaríamos más felices si vinieran a compartir mesa. Tienen buena pinta, las tres son atractivas y… (me dirigí a la mía, la menos sonriente)

YO —Me hace ilusión que acabes tú llamándote Andrea.

Di media vuelta y me fui a mi mesa.

— ¿Por qué no vienen? Te han rechazado. —Se lo tienen que pensar — ¿Eso es lo del veneno? — preguntó José Alberto.

Pero en solo unos minutos después, estaban las tres a mi derecha.

Ellas nos dijeron —Hola. Nos sentamos un ratito y nos vamos, que hemos quedado.

Yo invité a la mía a que se sentara a mi lado. La conversación se hizo muy abierta y amena. Muchas risas y miradas examinadoras. Mis amigos exageraban las conclusiones de forma absurdamente ridícula y promoviendo las carcajadas a niveles estratosféricos.

Me di cuenta de que soy feliz. Soy feliz con mi vida y con mi profesión. Soy feliz con mi entorno, mi familia y amigos. Así que, recordando al maestro Helio, interrumpí la conversación para pronunciar en voz alta:

YO —Chicos y chicas, quiero que sepan que me siento muy feliz en este momento.

Tras lo cual Julio promovió un aplauso que contagió a los demás.

El elenco femenino se relamió al escuchar la narración de mi estado, porque se dieron cuenta de que estaban con un grupo de chicos dispuestos a disfrutar, y de entrada uno de ellos reconocía, sin miedo a parecer flojo, que era ” feliz”.

Propusimos cambiar de escenario. Durante toda la tarde, la mía estaba más seria que el resto. Quería mostrarse más selectiva y complicada. Y durante el paseo quise premiárselo.

YO —Me he dado cuenta de que eres una chica prudente y selectiva. Ahora me atraes más.

Ella no pudo contener una sonrisa de oreja a oreja.

ELLA —Resulta que, además, tengo gustos muy concretos. No eres mi tipo. Lo siento.

Me estaba rechazando. —De momento —contesté sorbiendo mi copa.

— ¿Crees que puedes ligarte a quien quieras? — ¿Crees tú, Andrea, que puedes rechazar a quien quieras?

Ella se quedó mirándome en silencio. No sabía si reír o enfadarse.

Entonces continué. Estaba convirtiendo su rechazo en mi arma más poderosa. No podía contra mi convicción.

YO —Veo que necesitas ponerme barreras. Y lo entiendo; yo antes era menos aventurero. Pero eres una chica exigente y atractiva y lo serías más si disfrutaras más del momento —apunté utilizando todo mi arsenal. Ella quebró el silencio segundos después únicamente para decir:

ELLA —No me llames Andrea.

Le hablé de mí sin que me preguntara. Eso la sacó de la tensa elección del momento.

Tras cuatro frases, no pudo evitar seguirme la conversación como yo pretendía, incluso mandándome señales de cortejo tan clamorosas como hablarme de sus logros y hazañas.

Se estaba “vendiendo” y a mí me encantaba. Le dije que me estaba gustando. Julio y José Alberto congeniaban con las otras chicas.

Ellas se partían de risa con una de las historias que les había enseñado, propuesto por José Luis:

— ¡Claro! Los chicos y las chicas no se dan besos en verano. Se los dan en otoño…..bla, bla, bla!

Llegamos al chill-out y nos sentamos. Mi chica estaba en plena metamorfosis: de rechazo a pasión. Era preciosa!

YO — ¿Cómo te imaginas dentro de cinco años?—le pregunté.

ELLA —Feliz, con mi consulta de dentista viento en popa, independiente, saliendo los fines de semana al campo…

YO — ¿Soltera?—le pregunté.

ELLA —.

Entonces, con toda la intención, proyecté la posibilidad de un futuro conjunto para hacer el momento más romántico.

YO —Yo no te veo soltera.

ELLA — ¿Por qué dices eso?—sonrió tocándose el pelo y con una intensa dosis de curiosidad.

YO —Porque estoy delante de ti. De tu sonrisa, de tu escote y de tu boca. Y te estoy conociendo: tu feminidad, tu orgullo, tus planes sensatos… y sé que ningún hombre con dos dedos de frente permitiría que te quedaras soltera.

ELLA —¡¡Ja, ja, ja…!! Gracias. Pero tengo que encontrar algún hombre a mi altura.

YO —No lo tendrás fácil. Pero no pierdas la esperanza.

Ella esperó a que yo me “vendiera”, pero no lo hice!

Al cabo de dos cervezas, comenzó a desinhibirse. Entonces me dio un pequeño codazo para que dejara de atender a Julio.

ELLA — ¿Y tú estás a mi altura?—me dijo con una mirada cómplice y desafiante.

Sin pensarlo dos veces la besé. Ella me abrazó. Fue un beso maravilloso. Largo e intenso. Salimos fuera. Fuimos a un parque como quinceañeros. Maravilloso y veraniego.

Estábamos tan bien que no sentíamos la necesidad de irnos a mi casa. Quisimos compartir el bienestar con la pandilla. Estábamos con todos pero ambos nos sentíamos juntos. Nos besábamos a la mínima. Sólo había que hacerle entender que sus rechazos no podrían con nuestra atracción.

FIN!

Como ves, sus rechazos no eran más que pruebas, las mujeres nos ponen barreras para ver si somos confiables, confiados y si tenemos actitud para poder cuidarlas y dominarlas. Esto es a nivel inconsciente, ni ellas saben porque lo hacen!

Espero que te haya gustado esta pequeña historia. Te recuerdo, léela cuanto puedas y adaptala a ti, incluso puedes mejorarla!

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